Quedarse en la casa de otra persona es un privilegio, no un derecho. Si bien los anfitriones generalmente quieren que los huéspedes se sientan cómodos, existen límites claros que, cuando se cruzan, pueden convertir rápidamente la hospitalidad en resentimiento. Los expertos en etiqueta señalan constantemente un conjunto sorprendentemente común de groserías que cometen los visitantes durante la noche: comportamientos que pueden garantizar que nunca más lo inviten a regresar.

Respetando el espacio y los límites

Las primeras impresiones importan, y también lo es el respeto a la casa en la que te hospedas. Empacar demasiado puede considerarse desconsiderado, lo que implica que esperas expandirte y dominar el espacio. Los expertos en etiqueta, como Diane Gottsman, aconsejan tratar la habitación de invitados como si fuera la suya propia: mantenerla ordenada, utilizar posavasos y tener en cuenta el consumo de recursos.

Igualmente importante es darle un respiro a su anfitrión. Los huéspedes que monopolizan su tiempo o tratan la casa como un lugar de vacaciones, en lugar del espacio habitable de otra persona, a menudo no son bienvenidos. Un enfoque cortés es ofrecerse a entretenerse, incluso sugerir una salida en solitario: “Hoy voy al museo. Siéntete libre de unirte si quieres, pero sin presiones”.

Evitar derechos e interferencias

¿El mayor paso en falso? Actuar como si merecieras acceso a recursos que no se han ofrecido. Esto incluye pedir prestado el auto sin preguntar, asumir que el anfitrión lo llevará como chofer o esperar asaltar la despensa como si fuera un buffet libre.

La crianza de los hijos es otro campo minado. A menos que se le solicite específicamente, absténgase de corregir a los hijos del anfitrión ni de ofrecer consejos no solicitados. Eres un invitado, no un consultor. De manera similar, espiar pertenencias personales es un gran abuso de confianza. Si necesitas algo, pregunta primero.

Cortesía práctica: ayudar y mostrar gratitud

Los buenos modales no se tratan sólo de evitar las ofensas; se trata de contribuir positivamente a la estancia. No ayudar con las tareas del hogar o dejar un desastre y tratar de ocultarlo envía un mensaje claro: esperas que te atiendan. En su lugar, cargue el lavavajillas, ofrézcase a cocinar o lleve al anfitrión a comer.

Finalmente, no olvide la gratitud básica. Llegue con un pequeño obsequio (vino, flores o algo local), diga “por favor”, “gracias” y “disculpe” con frecuencia y siempre retire la cama antes de irse. Estos pequeños gestos demuestran respeto y garantizan que será recordado como un huésped bienvenido, no como una carga.

La conclusión clave: ser un buen huésped en una casa no se trata sólo de evitar la mala educación, sino de mostrar activamente consideración por el tiempo, la propiedad y la familia del anfitrión. De no hacerlo, se corre el riesgo no sólo de incomodidad social sino también del fin de una relación valiosa.