El Secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr., sugirió recientemente que los estadounidenses que luchan con los altos precios de la carne de res deberían cambiar a “cortes baratos” de carne, específicamente hígado, como una fuente de proteínas más asequible. Aunque técnicamente es factible (el hígado es más barato que el bistec), el consejo no es práctico, está fuera de contexto e ignora cuestiones sistémicas más amplias que impulsan la inseguridad alimentaria.

El problema con la propuesta

La recomendación de Kennedy resalta una desconexión entre la retórica de las élites y la realidad económica. La sugerencia de que las familias en dificultades simplemente cambien a un alimento impopular y desconocido pasa por alto las causas fundamentales del aumento de los costos de los alimentos: salarios estancados, exenciones fiscales para los ricos y recortes a programas de asistencia alimentaria como SNAP.

El hígado no es un alimento básico en la mayoría de las dietas estadounidenses por una razón. Requiere una preparación específica (a menudo remojarlo en leche para reducir el amargor) y muchos encuentran poco atractivos su sabor y textura. Sugerir esto como solución implica que las personas simplemente carecen de conocimientos culinarios o de voluntad de adaptarse, en lugar de enfrentarse a auténticas barreras financieras.

Riesgos para la salud e ironías

Más allá de lo práctico, el consumo excesivo de hígado conlleva riesgos para la salud. Los dietistas registrados advierten sobre la toxicidad de la vitamina A y el cobre por un consumo elevado, lo que podría provocar náuseas, dolores de cabeza e incluso daños a los órganos. La ironía no pasa desapercibida para los expertos: Kennedy, conocido por promover dietas altas en grasas saturadas, sugiere un alimento rico en nutrientes y al mismo tiempo apoya políticas que desregulan el procesamiento de carne y reducen los estándares de seguridad alimentaria.

Su defensa de las proteínas “baratas” parece sorda dada su propia posición privilegiada. Se hace eco del infame sentimiento de María Antonieta de “déjenlos comer pastel”, ignorando las fuerzas sistémicas que hacen que los alimentos sean inasequibles para millones.

Mejores alternativas

Si la preocupación es la asequibilidad, hay opciones más realistas que obligar a los estadounidenses a adquirir el gusto por el hígado. Las proteínas de origen vegetal, como los frijoles y el tofu, son más baratas y culturalmente accesibles. Las opciones estables, como las lentejas, el atún enlatado y la mantequilla de maní, ofrecen ahorros de costos a largo plazo sin requerir habilidades culinarias especializadas.

Fracaso sistémico, no elección individual

El problema central no es la falta de orientación nutricional; es un sistema alimentario roto. El papel del gobierno a la hora de regular el procesamiento de carne, financiar la asistencia alimentaria y abordar la desigualdad económica es mucho más crítico que decirle a la gente que coma hígado.

La sugerencia de RFK Jr. es una distracción de fallas sistémicas más profundas. Las soluciones reales requieren cambios de políticas, no sólo ajustes dietéticos individuales. La idea de que las personas que luchan contra la inseguridad alimentaria necesitan simplemente comer proteínas más baratas es totalmente errónea.