Hillary Clinton no se limitó a romper los techos de cristal. Los ascendió, paso a paso, a lo largo de tres décadas de servicio público. Su camino a través de la política estadounidense se parece menos a una biografía y más a un modelo para el liderazgo femenino moderno.

Comenzó en la Casa Blanca como Primera Dama mientras su esposo, Bill Clinton, ocupaba la Oficina Oval de 1993 a 2001. No fue un papel pasivo. Impulsó la reforma sanitaria y asumió una cartera de cuestiones sin precedentes para su cónyuge. Esa visibilidad preparó el escenario para lo que vino después.

En 2001 volvió a hacer historia. Se convirtió en la primera mujer elegida para el Senado de los Estados Unidos por Nueva York. Ocupó ese puesto durante ocho años, hasta 2009. Los legisladores se dieron cuenta. El país prestó atención.

Luego vino el Departamento de Estado. De 2009 a 2013, durante la presidencia de Barack Obama, navegó por crisis globales y cambios en la política exterior. Fue un concierto de alto riesgo. Manejó todo, desde la Primavera Árabe hasta el ascenso del poder económico de China.

Pero la prueba más grande llegó en 2016. Se convirtió en la primera mujer en encabezar la candidatura presidencial de un partido importante en Estados Unidos. El Partido Demócrata la eligió. Fue un momento decisivo. Millones de mujeres se vieron en esa candidatura. La respuesta a “¿por qué ninguna mujer ha sido presidenta todavía?” De repente tenía un candidato muy real y muy visible.

Ella no se limitó a postularse para un cargo. Ella redefinió lo que significaba tener el poder.

Su viaje de Primera Dama a Senadora, Secretaria de Estado y candidata presidencial cambió la conversación. Obligó a tener en cuenta el género en la política. Las elecciones de 2016 demostraron que una mujer puede ganar el voto popular. Demostró que podía llegar a la meta.

El resto aún está por escribirse. La historia recuerda los hitos.